El Departamento de Educación pretende implementar a la mala que los estudiantes identifiquen a qué raza pertenecen. Por lo poco que conozco de derechos civiles me parece que esto es inconstitucional. Se supone que uno no está obligado a poner este tipo de datos en los formularios que llena, ni la raza, ni la edad, ni el sexo ya que estos son elementos que pudieran en algún momento ser motivo de discrimen de algún tipo.
Yo por mi parte no tengo problema en plantear abiertamente mi raza. Sencillamente soy “Sata”. Porque aquí en mi amada isla todos somos satos. “Chinga” o “realenga” para quien no entienda, como mis perritos. Sato es todo aquel perro que no tiene una raza definida por ser una mezcla de otra mezcla, y su mamá era también mezcla de otra mezcla, y su papá también....y así sucesivamente. Aunque aquí hay muchos “come-come” que se pasan la vida diciendo que sus antepasados son españoles (canarios es lo más común), la verdad es que están reafirmando lo satos que son. Porque sus antepasados vinieron a esta bendita isla a mezclarse con los criollos, que por muy lavaditos que se vieran ya estaban lo suficientemente mezclados. Y todo lo que es mezclado es sato. Las razas puras no se mezclan con nadie que no sea de su misma raza. El que nació aquí ya viene con su mezclita hecha. Nada se puede hacer con eso aunque tu abuela intente convencerte de que tu familia es de abolengo. Y si hablamos de los estadounidenses, peor. Ellos llevan mezclando razas menos tiempo que nosotros, poco más de 200 años. Nosotros, llevamos en este asunto más de 500. Para ser precisos desde que llegó Colón y se enamoró de nuestras indias que eran unas morenas hermosas de pelo negro como el azabache. Los boricuañolitos que nacieron de esas uniones no creo que fueran demasiado blancos como nos quieren hacer creer. Eran satitos como nosotros.
Los satos son fuertes, alegres, agradecidos, leales, cariñosos y humildes. No como los de raza que usualmente son más frágiles en cuanto a salud se trata y muchos de ellos tienen problemas de actitud. Por eso yo siempre seré una sata, fuerte, alegre, agradecida, leal, cariñosa y humilde. No presumo de mis antepasados ni me importa mucho el color de mi piel. Lo único que tengo presente es que soy parte de esa raza puertorriqueña única, que arrastra la “r”, que dice “amol”, que ríe alborotosamente y aplaude en los aviones. No me interesa pertenecer a nada más.
El color de mi piel es secundario, variará según me dé el sol. Lo importante es que negra o blanca siempre seguiré siendo de la raza “sato”.
martes, 28 de septiembre de 2010
lunes, 27 de septiembre de 2010
La bella durmiente duerme para siempre
En mi relato sobre la historia de amor entre mi Tío Francis y su esposa Raquel narré el amor tan fuerte que existía entre ellos. La dedicación con la que él cuidó de su esposa durante su larga y penosa enfermedad.
Ya la bella durmiente duerme para siempre. Se fue plácidamente durante su sueño. Descansa eternamente cuidada por el señor de los cielos. Su príncipe terrenal no se resigna. Su bella Raquel se le fue sin avisos ni despedidas. Ella, sabiéndolo todo, se fue dulce y callada. Pero él se quedó sin poder darle un beso, sin poder decirle adiós.
Todos sabemos que ella descansa. Él no se explica por qué. Con resignación obligada pasea por los pasillos llorando su pena, ahogado en recuerdos y vacios, en tiempos que no volverán jamás.
¿Qué pasará ahora con este príncipe sin su amada? No lo sabemos con certeza. Pero estamos de acuerdo en que solo no se quedará. Seguirá en su espacio rodeado de recuerdos de su amada Raquel y de los tiempos en que juntos, con amor y dedicación, levantaron su familia.
Y nosotros estaremos ahí para escucharlo, hablarle, acompañarlo y amarlo el tiempo necesario durante su pena. De algo estamos seguros, nuestro príncipe no se quedó solo.
Ya la bella durmiente duerme para siempre. Se fue plácidamente durante su sueño. Descansa eternamente cuidada por el señor de los cielos. Su príncipe terrenal no se resigna. Su bella Raquel se le fue sin avisos ni despedidas. Ella, sabiéndolo todo, se fue dulce y callada. Pero él se quedó sin poder darle un beso, sin poder decirle adiós.
Todos sabemos que ella descansa. Él no se explica por qué. Con resignación obligada pasea por los pasillos llorando su pena, ahogado en recuerdos y vacios, en tiempos que no volverán jamás.
¿Qué pasará ahora con este príncipe sin su amada? No lo sabemos con certeza. Pero estamos de acuerdo en que solo no se quedará. Seguirá en su espacio rodeado de recuerdos de su amada Raquel y de los tiempos en que juntos, con amor y dedicación, levantaron su familia.
Y nosotros estaremos ahí para escucharlo, hablarle, acompañarlo y amarlo el tiempo necesario durante su pena. De algo estamos seguros, nuestro príncipe no se quedó solo.
lunes, 13 de septiembre de 2010
Mamá estoy aburrida
Esta es una frase muy de moda entre la juventud de hoy. Es increíble la cantidad de jóvenes que la ponen en su “estado de ánimo” en facebook. Y no es de sorprenderse. Con la cantidad de tecnología que existe en estos tiempos es normal que estén aburridos. Están tan acostumbrados a entretenerse solos sentados en una silla que cuando esto les falla se ven hundidos en la calamidad del aburrimiento.
Cuando yo era joven no había tiempo para aburrirse. Sencillamente cuando no había nada qué hacer nos íbamos a casa de la vecina, Doña Trini. Allí siempre había gente con quién jugar y por lo general media calle siempre estaba reunida allí. Jugábamos volleyball, hacíamos coreografías de baile, jugábamos monopolio, cantábamos, modelábamos o nos íbamos a casa de otra vecina. Por las noches “el bunche” se reunía a hablar de cualquier tema de moda o hacíamos cuentos de miedo. Los fines de semana íbamos a la plaza. Allí nos reuníamos a hablar cuando no íbamos al cine. Fueron varias las ocasiones en que se hicieron “serruchos” para que algún olvidadizo fuera con nosotros. Era tal la camaradería que era imposible pensar que se quedara solo en la plaza solo porque no tenía un peso para la taquilla. Era cierto que algunas veces nos enojábamos pero muchas más nos contentábamos. No había lugar para rencillas inútiles porque no nos dábamos el lujo de que “el bunche” se descuadrara.
Pero lo mejor de todo eran los “partys de marquesina”. No sé qué era más emocionante, si los preparativos o el party en sí. Primero planificar en qué casa sería, cuál sería el motivo (de vaqueros, de música disco, sicodélico), la lista de invitados, la fecha y la ropa que nos pondríamos. Todos sabíamos bailar. Aprendimos en las casas, en la escuela y por supuesto en los partys. El que menos sabía al menos bailaba merengue y ni hablar de los boleros de loseta. Héctor Lavoe, Richie Ray y Bobby Cruz eran los preferidos para esas lides. Los entremeses los dividíamos entre todos pero los hacíamos entre todos. Ahh! Todavía recuerdo el sabor de los inigualables sandwiches de mezcla, los cheese trix, las empanadillitas y esas cosas ricas y sencillas que preparábamos nosotros mismos.
Para ese tiempo nadie tenía carro y todos dependíamos de que nuestros papás nos carretearan. Todos iban a todos sitios porque al que sus papás no lo llevaban los demás le daban pon. Siempre andábamos “enguaretaos”, repartidos en varios carros. Así íbamos a la playa y a los partys.
Nadie veía televisión, sencillamente no había tiempo para eso. Era más interesante jugar afuera. Lo más novedoso era el “Atari” y era tan aburrido que solo servía para las tardes de lluvia en las que no salíamos a bañarnos en el aguacero.
Son muchos los gratos recuerdos de esa época. Fueron pocas las veces que me atreví a quejarme de estar aburrida. Mi mamá tenía el mejor de los remedios para eso. Sencillamente me decía: “si estás aburrida, ponte a limpiar tu cuarto”.
Cuando yo era joven no había tiempo para aburrirse. Sencillamente cuando no había nada qué hacer nos íbamos a casa de la vecina, Doña Trini. Allí siempre había gente con quién jugar y por lo general media calle siempre estaba reunida allí. Jugábamos volleyball, hacíamos coreografías de baile, jugábamos monopolio, cantábamos, modelábamos o nos íbamos a casa de otra vecina. Por las noches “el bunche” se reunía a hablar de cualquier tema de moda o hacíamos cuentos de miedo. Los fines de semana íbamos a la plaza. Allí nos reuníamos a hablar cuando no íbamos al cine. Fueron varias las ocasiones en que se hicieron “serruchos” para que algún olvidadizo fuera con nosotros. Era tal la camaradería que era imposible pensar que se quedara solo en la plaza solo porque no tenía un peso para la taquilla. Era cierto que algunas veces nos enojábamos pero muchas más nos contentábamos. No había lugar para rencillas inútiles porque no nos dábamos el lujo de que “el bunche” se descuadrara.
Pero lo mejor de todo eran los “partys de marquesina”. No sé qué era más emocionante, si los preparativos o el party en sí. Primero planificar en qué casa sería, cuál sería el motivo (de vaqueros, de música disco, sicodélico), la lista de invitados, la fecha y la ropa que nos pondríamos. Todos sabíamos bailar. Aprendimos en las casas, en la escuela y por supuesto en los partys. El que menos sabía al menos bailaba merengue y ni hablar de los boleros de loseta. Héctor Lavoe, Richie Ray y Bobby Cruz eran los preferidos para esas lides. Los entremeses los dividíamos entre todos pero los hacíamos entre todos. Ahh! Todavía recuerdo el sabor de los inigualables sandwiches de mezcla, los cheese trix, las empanadillitas y esas cosas ricas y sencillas que preparábamos nosotros mismos.
Para ese tiempo nadie tenía carro y todos dependíamos de que nuestros papás nos carretearan. Todos iban a todos sitios porque al que sus papás no lo llevaban los demás le daban pon. Siempre andábamos “enguaretaos”, repartidos en varios carros. Así íbamos a la playa y a los partys.
Nadie veía televisión, sencillamente no había tiempo para eso. Era más interesante jugar afuera. Lo más novedoso era el “Atari” y era tan aburrido que solo servía para las tardes de lluvia en las que no salíamos a bañarnos en el aguacero.
Son muchos los gratos recuerdos de esa época. Fueron pocas las veces que me atreví a quejarme de estar aburrida. Mi mamá tenía el mejor de los remedios para eso. Sencillamente me decía: “si estás aburrida, ponte a limpiar tu cuarto”.
miércoles, 8 de septiembre de 2010
I Love Lucy en el gimnasio
Aún cuando en un post anterior juré y perjuré que no entraría a un gimnasio, terminé inscribiéndome en uno. Todo comenzó el día que decidí comenzar a caminar por aquello de hacer algo de ejercicio. Todas las tardes me ponía mi “outfit” y muy contenta y ufana me iba a caminar por la zona industrial cantando a galillo reprendido con mi ipod. “Reprendido” porque cantaba bajito. No iba a ir como una loca a todo volumen por la calle ya que todos sabemos que con los audífonos puestos cantamos durísimo y desentonados. Pero un día comenzó a llover. Y al otro día llovió también.......y al otro también. Así que decidí tomar cartas en el asunto y buscar una alternativa. No quedó otro remedio que el gimnasio.
Llego al susodicho centro y me dispongo muy valientemente a inscribirme. No imaginé lo obvio, que la inscripción era humillante. No solo tenía que decir mi edad y mi peso sino que me tomarían medidas y porciento de grasa. Deberían ver mi cara cada vez que la joven tomaba con delicadeza y elegancia mis medidas. Ella muy discreta me decía los números en voz baja, pero por la cara que yo ponía todo el mundo se daba cuenta de que los números eran alarmantes. Después pensé: “con toda la información que ha puesto en ese papel esta mujer puede chantajearme un año entero.” Me informó que todos los días a las 6:00 de la tarde tendrían clases de Zumba, Aeróbicos, Steps, Kickboxing y todas esas cosas que de solo mencionarlas te fatigan. “Ok”, le dije, “nos vemos entonces hoy a las 6:00”.
Como cucaracha en baile de gallinas llego esa tarde a la hora acordada. Algo de tranquilidad me dio ver que entre las participantes había varias amigas de mi edad. Uno de mis grandes temores era que las demás participantes fueran muchachitas esbeltas y con buena constitución física y yo la única “viejita”, pero rápidamente me doy cuenta de que todas son “normales” como yo. ¡Entonces es que comienza la fiesta!
La clase era de “steps”. Comienza la instructora con una música estruendosa que no me permite escuchar sus instrucciones. “No importa” pensé, “yo la miro en el espejo y sigo sus pasos”....... “además, esto debe ser como bailar y yo bailando tengo algo de ritmo”......¡ignorante de mí! Empieza aquella mujer a moverse como poseída y yo a tratar de seguirla........ “Y uno, y dos, y tres......cambio!” (espérate, como que “cambio” si yo voy por el dos todavía”)........ “Ahora la izquierda y levantando el pie, y uno, y dos....” (¿con la izquierda, no era con la derecha?) “Ahora tres repeticiones con el mismo pie..” (¿Cuál pie?)............yo me miraba en el espejo y veía como brincaba al descompás de todas las demás. Todas ellas se veían monísimas al unísono con la instructora y yo dando saltos a lo loco tratando de seguirlas. Para completar, entre la instructora y yo se ubicó una participante mucho más alta que nosotras por lo que yo no podía ver a la líder en el espejo. La de veces que tuve que salirme de la fila, mirar rapidito con qué pie estaban haciendo qué para tratar de volver a mi lugar y seguir. Obvio, cuando me acomodaba ya estaban haciendo otra cosa. Pueden imaginarse fácilmente mi cabecita dando saltos cuando las demás estaban en el suelo y viceversa. Cuando por fin todo terminó pensé, “esto parece sacado de un episodio de “I Love Lucy”.
De los abdominales ni les cuento. Acostadas todas en el piso y yo pensando qué había comido durante el día. Linda cosa que la principiante tuviera un “escape” en plena clase. Y no es que me preocupara el ruido, porque con la música no se escucharía, pero el olor que lo acompaña es difícil de disimular.
Tengo que admitir que a pesar de no haber hecho los ejercicios junto con el grupo, (recuerden que el grupo iba por un lado y yo por el otr), y de las preocupaciones con cada flexión de abdominales lo pasé de lo más chévere. Me divertí tanto como me fatigué y encima quemé calorías.
Ahora llego con mi “outfit” de siempre y preparada con mi botellita de agua y mi toallita. Me paseo por todo aquello y comienzo mis ejercicios de calentamiento con la certeza de que los demás participantes deben pensar “ahí llegó la doñita que siempre está perdida”.
Llego al susodicho centro y me dispongo muy valientemente a inscribirme. No imaginé lo obvio, que la inscripción era humillante. No solo tenía que decir mi edad y mi peso sino que me tomarían medidas y porciento de grasa. Deberían ver mi cara cada vez que la joven tomaba con delicadeza y elegancia mis medidas. Ella muy discreta me decía los números en voz baja, pero por la cara que yo ponía todo el mundo se daba cuenta de que los números eran alarmantes. Después pensé: “con toda la información que ha puesto en ese papel esta mujer puede chantajearme un año entero.” Me informó que todos los días a las 6:00 de la tarde tendrían clases de Zumba, Aeróbicos, Steps, Kickboxing y todas esas cosas que de solo mencionarlas te fatigan. “Ok”, le dije, “nos vemos entonces hoy a las 6:00”.
Como cucaracha en baile de gallinas llego esa tarde a la hora acordada. Algo de tranquilidad me dio ver que entre las participantes había varias amigas de mi edad. Uno de mis grandes temores era que las demás participantes fueran muchachitas esbeltas y con buena constitución física y yo la única “viejita”, pero rápidamente me doy cuenta de que todas son “normales” como yo. ¡Entonces es que comienza la fiesta!
La clase era de “steps”. Comienza la instructora con una música estruendosa que no me permite escuchar sus instrucciones. “No importa” pensé, “yo la miro en el espejo y sigo sus pasos”....... “además, esto debe ser como bailar y yo bailando tengo algo de ritmo”......¡ignorante de mí! Empieza aquella mujer a moverse como poseída y yo a tratar de seguirla........ “Y uno, y dos, y tres......cambio!” (espérate, como que “cambio” si yo voy por el dos todavía”)........ “Ahora la izquierda y levantando el pie, y uno, y dos....” (¿con la izquierda, no era con la derecha?) “Ahora tres repeticiones con el mismo pie..” (¿Cuál pie?)............yo me miraba en el espejo y veía como brincaba al descompás de todas las demás. Todas ellas se veían monísimas al unísono con la instructora y yo dando saltos a lo loco tratando de seguirlas. Para completar, entre la instructora y yo se ubicó una participante mucho más alta que nosotras por lo que yo no podía ver a la líder en el espejo. La de veces que tuve que salirme de la fila, mirar rapidito con qué pie estaban haciendo qué para tratar de volver a mi lugar y seguir. Obvio, cuando me acomodaba ya estaban haciendo otra cosa. Pueden imaginarse fácilmente mi cabecita dando saltos cuando las demás estaban en el suelo y viceversa. Cuando por fin todo terminó pensé, “esto parece sacado de un episodio de “I Love Lucy”.
De los abdominales ni les cuento. Acostadas todas en el piso y yo pensando qué había comido durante el día. Linda cosa que la principiante tuviera un “escape” en plena clase. Y no es que me preocupara el ruido, porque con la música no se escucharía, pero el olor que lo acompaña es difícil de disimular.
Tengo que admitir que a pesar de no haber hecho los ejercicios junto con el grupo, (recuerden que el grupo iba por un lado y yo por el otr), y de las preocupaciones con cada flexión de abdominales lo pasé de lo más chévere. Me divertí tanto como me fatigué y encima quemé calorías.
Ahora llego con mi “outfit” de siempre y preparada con mi botellita de agua y mi toallita. Me paseo por todo aquello y comienzo mis ejercicios de calentamiento con la certeza de que los demás participantes deben pensar “ahí llegó la doñita que siempre está perdida”.
domingo, 29 de agosto de 2010
Envejecer es de valientes
En la mujer hay muchos indicativos de que han pasado los años y que no han sido en vano. Por ejemplo, nos cuesta más trabajo encontrar un traje de baño adecuado, tenemos más potingues en el baño y el guapo cajero de la tienda nos trata de usted. Es entonces cuando te das cuenta que a la clienta que estaba antes que tú en la fila le sonríe y le da las gracias, a tí solo te cobra y te da el recibo.
Ya que no se puede evitar envejecer, al menos hay que tratar de hacerlo despacito y con gracia. Por lo tanto, una vez notamos ciertas muestras de envejecimiento corremos a tratar de corregirlo, o al menos de retrasarlo.
En estos días mi hermana y yo decidimos ir a una estética a quitarnos unos pelitos de más en la barbilla. Porque con la edad no solo nos salen chichitos y arrugas, también nos salen pelos. Y eso sí, ¡hasta aquí llegamos! Con la celulitis y las patas de gallo podemos bregar, pero con los pelos no. Encima de viejas, ¿barbudas?, NADA QUE VER! Así que raudas y veloces hicimos cita con la estética.
Íbamos contentas y campechanas pues pronto nos desharíamos de los desgraciados pelos hasta que llegamos a nuestra cita. Nuestra esteticista nos alertó con cierta preocupación de lo deshidratados que estaban nuestros rostros y la necesidad de usar protector solar. “Por Dios, resulta que no solo tengo la cara pelúa, también está muerta de sed”. Muy amablemente nos recomendó varias marcas de protectores y nos dio nuestra próxima cita.
Preocupadas y con los bigotes enrojecidos nos fuimos al mall con la idea de despejarnos un poco. Llegamos a una tienda por departamentos, pero cometimos un gran error, entramos por los mostradores de cosméticos. Tratando de aprovechar el viaje y preocupada por la recomendación de la esteticista, pregunto en uno de los mostradores por alguna oferta. ¡Nunca había deseado con tanto ahínco que la lengua se me hiciera chicharrón! La vendedora me ha mirado con cara de espanto y me ha dicho todo lo malo que tenía mi rostro. Cuando abrí los ojos, estaba sentada en el mostrador, casi en el medio del pasillo por donde pasa todo el mundo, con la cara llena de mejunjes. Literalmente me puso capa por capa de todas las cremas que tenía para vender. Después de tener toda la cara “cremada” me dio el toque final, un maquillaje completo. Cuando logré salir de allí, sentía la cara como la de un bulldog, los cachetes me pesaban con tanta crema que sentía me colgaban por los bordes de mi cara. ¿Mi siguiente parada? Un baño en donde quitarme toda aquella grasa.
De regreso a casa mi hermana y yo no dejamos de reírnos de la situación. Nos burlamos tanto una de la otra que de tanta risa las patas de gallo deben haber crecido al menos un centímetro. Llegamos a una feliz conclusión. Seguiríamos siendo unas viejitas felices y changas aunque con patas de gallo.
Conclusión: de ahora en adelante, en vez de gastar $80 en un pote de crema, empezaríamos a ahorrarlos para darnos un estirón final.
Ya que no se puede evitar envejecer, al menos hay que tratar de hacerlo despacito y con gracia. Por lo tanto, una vez notamos ciertas muestras de envejecimiento corremos a tratar de corregirlo, o al menos de retrasarlo.
En estos días mi hermana y yo decidimos ir a una estética a quitarnos unos pelitos de más en la barbilla. Porque con la edad no solo nos salen chichitos y arrugas, también nos salen pelos. Y eso sí, ¡hasta aquí llegamos! Con la celulitis y las patas de gallo podemos bregar, pero con los pelos no. Encima de viejas, ¿barbudas?, NADA QUE VER! Así que raudas y veloces hicimos cita con la estética.
Íbamos contentas y campechanas pues pronto nos desharíamos de los desgraciados pelos hasta que llegamos a nuestra cita. Nuestra esteticista nos alertó con cierta preocupación de lo deshidratados que estaban nuestros rostros y la necesidad de usar protector solar. “Por Dios, resulta que no solo tengo la cara pelúa, también está muerta de sed”. Muy amablemente nos recomendó varias marcas de protectores y nos dio nuestra próxima cita.
Preocupadas y con los bigotes enrojecidos nos fuimos al mall con la idea de despejarnos un poco. Llegamos a una tienda por departamentos, pero cometimos un gran error, entramos por los mostradores de cosméticos. Tratando de aprovechar el viaje y preocupada por la recomendación de la esteticista, pregunto en uno de los mostradores por alguna oferta. ¡Nunca había deseado con tanto ahínco que la lengua se me hiciera chicharrón! La vendedora me ha mirado con cara de espanto y me ha dicho todo lo malo que tenía mi rostro. Cuando abrí los ojos, estaba sentada en el mostrador, casi en el medio del pasillo por donde pasa todo el mundo, con la cara llena de mejunjes. Literalmente me puso capa por capa de todas las cremas que tenía para vender. Después de tener toda la cara “cremada” me dio el toque final, un maquillaje completo. Cuando logré salir de allí, sentía la cara como la de un bulldog, los cachetes me pesaban con tanta crema que sentía me colgaban por los bordes de mi cara. ¿Mi siguiente parada? Un baño en donde quitarme toda aquella grasa.
De regreso a casa mi hermana y yo no dejamos de reírnos de la situación. Nos burlamos tanto una de la otra que de tanta risa las patas de gallo deben haber crecido al menos un centímetro. Llegamos a una feliz conclusión. Seguiríamos siendo unas viejitas felices y changas aunque con patas de gallo.
Conclusión: de ahora en adelante, en vez de gastar $80 en un pote de crema, empezaríamos a ahorrarlos para darnos un estirón final.
domingo, 22 de agosto de 2010
Blancanieves y sus doce cachorritas
Mucha gente que me conoce suele hacerme la misma pregunta cada vez que habla conmigo: “¿Cuántos perros tienes ahora?” La pregunta suele incomodarme más que si me preguntaran la edad o el peso. ¡Qué importa cuántos perros tengo! Usualmente la pregunta viene acompañada de alguna crítica porque son demasiados o por que, según el encuestador, debe costarme caro mantener tanto animal. ¿Y? Es mi problema, ¿no? Esta situación he aprendido a manejarla evadiendo la pregunta algunas veces, dejando en suspenso la cifra en otros. Pero no les niego que en la mayoría me encantaría olvidar mis buenos modales y contestarle sin la mínima cortesía: “ESO NO TE IMPORTA” y punto.
La mayoría de mis perras son recogidas. Fueron rescatadas del abuso y los malos tratos a los que las sometieron sus antiguos dueños al tirarlas a la calle. Todas llegaron enfermas y nosotros las acogimos y atendimos con amor y sacrificio. Era impensable dejar morir de hambre a alguna de ellas, muchas con los collares enterrados en la carne viva de sus cuellos porque quien las botó no pasó siquiera el trabajo de quitarle el collar cuando lo hizo. Así llegaron mis chicas a mi casa, a su casa.
Sé que ellas son muchas y están acostumbradas a corretear libremente por el patio. Son libres porque en mi casa no hay sogas ni jaulas. Todo el patio es para ellas, ese es su dominio. Aquí viven seguras y mimadas.
La amistad conlleva aceptar al amigo con sus defectos y virtudes. Todo aquel que se considere nuestro amigo tiene que aceptar nuestras perras. Tiene que recordar que si nos visitan, no solo visitan nuestra casa, sino también la de mis perras. Cuando nos visitan sin avisar, ellas saldrán al encuentro del visitante tanto para saludar como para proteger “su espacio”. Cuando tenemos alguna reunión planificada usualmente tenemos la cortesía de encerrarlas para que no incomoden a la visita, pero si la reunión se da de imprevisto es difícil recogerlas a todas.
Mis padres me enseñaron que criticar era de mala educación. Por lo tanto, cuando voy de visita a alguna casa voy sometida a las normas de ésta y las acepto calladita la boca. Pero en la mía mando yo y me molestan sobremanera los comentarios despectivos de la gente que me visita y se encuentran con mis perras. Quien me visite tiene que entender que ellas les brincarán encima, les correrán detrás, le lamerán las manos y le olerán el culo porque están en su casa, y uno en su casa hace lo que le da la gana. Por otro lado agradezco con alivio cuando el que llega juega con ellas, las acaricia y las mima porque siento que es un amigo que siente empatía por la labor que hacemos. Ellos entienden que cuando me siento sola y triste y ellos no están cerca para consolarme, son mis perras quienes cumplen con esa misión. Ellas me mantienen ocupada, acompañada y segura.
Todo el mundo es bienvenido a nuestra casa. Aquí les daremos un efusivo recibimiento mis perritas y yo.
La mayoría de mis perras son recogidas. Fueron rescatadas del abuso y los malos tratos a los que las sometieron sus antiguos dueños al tirarlas a la calle. Todas llegaron enfermas y nosotros las acogimos y atendimos con amor y sacrificio. Era impensable dejar morir de hambre a alguna de ellas, muchas con los collares enterrados en la carne viva de sus cuellos porque quien las botó no pasó siquiera el trabajo de quitarle el collar cuando lo hizo. Así llegaron mis chicas a mi casa, a su casa.
Sé que ellas son muchas y están acostumbradas a corretear libremente por el patio. Son libres porque en mi casa no hay sogas ni jaulas. Todo el patio es para ellas, ese es su dominio. Aquí viven seguras y mimadas.
La amistad conlleva aceptar al amigo con sus defectos y virtudes. Todo aquel que se considere nuestro amigo tiene que aceptar nuestras perras. Tiene que recordar que si nos visitan, no solo visitan nuestra casa, sino también la de mis perras. Cuando nos visitan sin avisar, ellas saldrán al encuentro del visitante tanto para saludar como para proteger “su espacio”. Cuando tenemos alguna reunión planificada usualmente tenemos la cortesía de encerrarlas para que no incomoden a la visita, pero si la reunión se da de imprevisto es difícil recogerlas a todas.
Mis padres me enseñaron que criticar era de mala educación. Por lo tanto, cuando voy de visita a alguna casa voy sometida a las normas de ésta y las acepto calladita la boca. Pero en la mía mando yo y me molestan sobremanera los comentarios despectivos de la gente que me visita y se encuentran con mis perras. Quien me visite tiene que entender que ellas les brincarán encima, les correrán detrás, le lamerán las manos y le olerán el culo porque están en su casa, y uno en su casa hace lo que le da la gana. Por otro lado agradezco con alivio cuando el que llega juega con ellas, las acaricia y las mima porque siento que es un amigo que siente empatía por la labor que hacemos. Ellos entienden que cuando me siento sola y triste y ellos no están cerca para consolarme, son mis perras quienes cumplen con esa misión. Ellas me mantienen ocupada, acompañada y segura.
Todo el mundo es bienvenido a nuestra casa. Aquí les daremos un efusivo recibimiento mis perritas y yo.
jueves, 19 de agosto de 2010
El príncipe azul y la bella durmiente
Hace unos años a mi Tía Raquel le diagnosticaron Alzheimer. Esa devastadora enfermedad que les arrebata la mente y personalidad a nuestros seres queridos dejándolos a ellos inertes y con la mirada vacía y a nosotros heridos y desconsolados por el resto de nuestras vidas.
Durante todos estos años Tío Francis ha luchado por mantenerse al lado de su esposa. Impensable ha sido para él la idea de que otra persona cuide de su Raquel. Por lo tanto, por muchos años cuidó de ella él solo. Aprendió a cocinar y a atender una casa. Y así poquito a poquito la enfermedad se llevó a su Raquel y él se adueñó de ella.
La primera vez que los visité iba muy asustada. Raquel había sido una mujer hermosa y muy elegante. Le temía a la impresión de verla enferma y desmejorada. Pero aún así, me armé de valor y fui a hacerle compañía a mi tío querido. Cual no fue mi sorpresa al entrar y ver a mi tía sentadita en un sillón “mirando” televisión en la sala. De no ser porque no participaba en nuestra conversación, cualquiera hubiera pensado que estaba perfectamente bien.
Por fin llegó la hora de la cena. Con mucho esfuerzo mi tío sentó a su esposa a la mesa. Sentada con ellos pude ver cómo, con suma paciencia, él le daba cucharada a cucharada la cena que especialmente había preparado para ella. Ella se esforzaba por recordar cómo tragar, él se esforzaba porque ella regresara. Mientras esto sucedía yo me dedicaba a observarla. Guapa como fue siempre, tenía sus uñas arregladas y pintadas, y su pelo mostraba un discreto color castaño. Al final, él y yo nos sentamos a cenar tranquilamente con ella acompañándonos. Mientras comíamos le comento alegremente: “Bueno Francis, ya veo que Raquel no pierde su estilo, siempre con su pelo y uñas arregladas”, pensando que tenía ayuda de alguna enfermera una que otra tarde. Cuál no fue mi sorpresa cuando él me respondió: “Yo le tiño el pelo y le arreglo las uñas. Antes solía ponerle sus pantallas y sus pulseras pero ya no lo hago por miedo a que se haga daño. Lo menos que puedo hacer es tenerla como a ella le gustaba estar, siempre arreglada”
Desde ese momento mi perspectiva ante esta situación cambió radicalmente. Esto no se trata de cuidar un enfermo incurable. Se trata de la historia de amor de un hombre y una mujer. Trata sobre los esfuerzos que él hace por mantener a su amada esposa a su lado, siempre de forma digna y amorosa. Ahora entiendo por qué su rechazo a cualquier tipo de ayuda y mucho menos a la idea de separarla de él.
Ya a Tía Raquel no se le puede teñir el pelo ni pintarle las uñas. Ya no pueden levantarla para que nos acompañe a la mesa. Pero Tío Francis no cesa en su empeño. Su día transcurre en cambiarla de posición, lavarle sus manos y sus pies, y ponerle crema en su cuerpo para que esté cómoda y fresca. Aún no se separa de ella ni un minuto. Eso sí, siempre la mantiene peinada y con sus labios pintados.
“y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida, hasta que la muerte nos separe.” Amén
Durante todos estos años Tío Francis ha luchado por mantenerse al lado de su esposa. Impensable ha sido para él la idea de que otra persona cuide de su Raquel. Por lo tanto, por muchos años cuidó de ella él solo. Aprendió a cocinar y a atender una casa. Y así poquito a poquito la enfermedad se llevó a su Raquel y él se adueñó de ella.
La primera vez que los visité iba muy asustada. Raquel había sido una mujer hermosa y muy elegante. Le temía a la impresión de verla enferma y desmejorada. Pero aún así, me armé de valor y fui a hacerle compañía a mi tío querido. Cual no fue mi sorpresa al entrar y ver a mi tía sentadita en un sillón “mirando” televisión en la sala. De no ser porque no participaba en nuestra conversación, cualquiera hubiera pensado que estaba perfectamente bien.
Por fin llegó la hora de la cena. Con mucho esfuerzo mi tío sentó a su esposa a la mesa. Sentada con ellos pude ver cómo, con suma paciencia, él le daba cucharada a cucharada la cena que especialmente había preparado para ella. Ella se esforzaba por recordar cómo tragar, él se esforzaba porque ella regresara. Mientras esto sucedía yo me dedicaba a observarla. Guapa como fue siempre, tenía sus uñas arregladas y pintadas, y su pelo mostraba un discreto color castaño. Al final, él y yo nos sentamos a cenar tranquilamente con ella acompañándonos. Mientras comíamos le comento alegremente: “Bueno Francis, ya veo que Raquel no pierde su estilo, siempre con su pelo y uñas arregladas”, pensando que tenía ayuda de alguna enfermera una que otra tarde. Cuál no fue mi sorpresa cuando él me respondió: “Yo le tiño el pelo y le arreglo las uñas. Antes solía ponerle sus pantallas y sus pulseras pero ya no lo hago por miedo a que se haga daño. Lo menos que puedo hacer es tenerla como a ella le gustaba estar, siempre arreglada”
Desde ese momento mi perspectiva ante esta situación cambió radicalmente. Esto no se trata de cuidar un enfermo incurable. Se trata de la historia de amor de un hombre y una mujer. Trata sobre los esfuerzos que él hace por mantener a su amada esposa a su lado, siempre de forma digna y amorosa. Ahora entiendo por qué su rechazo a cualquier tipo de ayuda y mucho menos a la idea de separarla de él.
Ya a Tía Raquel no se le puede teñir el pelo ni pintarle las uñas. Ya no pueden levantarla para que nos acompañe a la mesa. Pero Tío Francis no cesa en su empeño. Su día transcurre en cambiarla de posición, lavarle sus manos y sus pies, y ponerle crema en su cuerpo para que esté cómoda y fresca. Aún no se separa de ella ni un minuto. Eso sí, siempre la mantiene peinada y con sus labios pintados.
“y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida, hasta que la muerte nos separe.” Amén
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