jueves, 14 de junio de 2012
Sublime
Era temprano y no había llegado nadie. La encontré hecha un ovillo en el centro de la cama. Me acerqué a su oído y le dije suavemente: “mamita llegué”. Ella me miró con sus ojitos asustados y me regaló la más hermosa de sus sonrisas. “Por qué estás así” – le pregunté. “Porque tengo frío” – contestó. Con mucha delicadeza la enderecé , la abracé y la arropé. “¿Me acuesto contigo?” me aventuré a preguntar. Con un simple movimiento de cabeza me contestó que sí y se echó a un lado. Me encaramé en la cama y me pegué a su espalda con toda la suavidad de la que fui capaz. Su cuerpo está tan delgado y frágil que parece que cualquier cosa la rompe. Rodeé su cintura con mi brazo derecho y con el izquierdo acariciaba su cabello blanco. Suavemente posó su mano frágil y temblorosa sobre la mía. Así estuvimos mucho rato, ella dormitando y yo rogándole a Dios que el momento no pasara jamás. No me había acurrucado con ella desde que era una niña, y ahora tenía la oportunidad y quería aprovecharla al máximo.
Disfruté su olor, acaricié su pelo, apreté su mano huesuda y temblorosa. Fue entonces que pasó….acerqué mi nariz a su nuca, aspiré su aroma y la besé con la mayor dulzura del mundo. En ese instante, ella tomó mi mano, se la llevó a sus labios y la besó. En esa fracción de segundos, en ese momento tan sublime, yo cerré los ojos y vi el rostro de Dios que me sonreía.
Tirando enanos contra la pared
Recientemente un congresista estatal de la Florida, Ritch Workman, sometió una propuesta para legalizar nuevamente el deporte de lanzar enanos contra la pared en clubes nocturnos. Semejante idea responde a la gran preocupación que tiene el congresista Workman por la tasa de desempleo que tienen los enanos en la Florida. Verdaderamente, sus intenciones conmueven hasta el más duro de corazón. Esos pobres enanitos necesitan un buen trabajo, decente y justo, ¿por qué no entonces dejarlos que practiquen un deporte que hasta la década del 90 fue perfectamente legal? Éstos se ganarían un sueldo literalmente con el sudor de su frente. Siempre lo he dicho, estos gringos son fenomenales.
Todos pensábamos que los políticos en Puerto Rico tenían propuestas legislativas que rayaban en lo absurdo, como lo era la propuesta de la insigne Evelyn Vázquez del rescate del galeón español para sufragar la deuda del gobierno, o como la de otra legisladora, de la cual se me escapa el nombre, de establecer un día oficial para las muñecas. ¿Por qué no mejor nos robamos la idea de Workman y la instalamos en Puerto Rico? Seguramente aquí sería un palo, sobre todo porque no tiraríamos enanos contra la pared, sino legisladores.
La idea me tienta….me tienta….me imagino un día oficial del legislador estrellao. Tendríamos un programa de televisión estilo “Puerto Rico Idol” donde un panel evaluador examinaría los proyectos de legislación propuestos por nuestros legisladores. Los que no pasen este renglón, tendrían una estrelladita contra la pared. Los que duermen en las secciones legislativas también tendrían la suya, pero los que roban, insultan y le dan la espalda al pueblo tendrían dos estrelladas sin casco protector, cosa de que quizás el golpe le devuelva la vergüenza perdida.
Probablemente tendríamos problemas con algunos de ellos como por ejemplo Hernández Mayoral con quien habría que hacer malabares para levantarlo. Rivera Shatz lo tiraríamos estilo jabalina y a Evelyn Vázquez, toda muy bella, la engancharíamos en un trapecio cosa de que se luzca genial antes de darse contra la pared. Imagínense todo lo que ganaríamos. Ellos se encargarían de legislar bien, cobraríamos un dineral en taquillas y apuestas, y el rating que tendría el programa sería de niveles escandalosos.
Yo no sé ustedes, pero yo ya le tengo nombre. Se llamaría “Estrellando a los centellas”.
Angel de la guarda
“Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares, ni de noche ni de día.” Desde que Rucco Gandía le puso música a tan linda oración quedé prendada de ella. Si hay algo en lo que creo firmemente es en la existencia de los ángeles, sobre todo del más grandioso, mi ángel de la guarda.
Tengo varios libros del tema, ya que el mismo me apasiona. Cuando comencé a leer acerca de ellos hubo algo que marcó mi vida para siempre: “tu ángel de la guarda siempre está a tu lado, pase lo que pase.” Cuando leí esto pensé: “¿Ajá, y ahora cómo brego con eso?” Una cosa es querer a tu ángel de la guarda, sentirte protegido, pedirle bendiciones para ti y los tuyos y otra cosa muy distinta es saberlo tan cerca de ti que pisa sobre tus talones. Bueno, no es que me preocupe mucho el asunto, es cierto que esto me da una seguridad brutal sobre todo en momentos de mucho miedo, pero no suena tan lindo cuando tengo que ir al baño. Pensar que mi ángel de la guarda está ahí conmigo y no esperando en la puerta hace que me dé ataques de pudor. Piénsenlo, a nadie le gusta que en momentos tan íntimos haya un intruso mirando actos tan mundanos e inaplazables. Para lidiar con este asunto lo que hago es que le digo: “pana, espérame un ratito fuera y deséame suerte”.
Mi experiencia con los ángeles y sobre todo con el mío es extensa y enriquecedora. No hay frase más poderosa que salga de mi boca como: “ángel de la guarda, por favor, protégelo” Inmediatamente me da consuelo, confianza y una gran paz. Entre los muchos libros que tengo sobre el asunto he aprendido que tienen diferente color, que hay jerarquías entre ellos y que no juzgan a los mortales por mal que se porten. Esto para mí fue un consuelo brutal, porque tengo que admitir que nunca he sido muy buena que digamos. Cuando pequeña fui un “ají” por lo que imagino las que habría de pasar mi pobre angelito para librarme de los apuros y de las pelas de mi mamá. Ya de grande me porto algo mejor, pero disto mucho de ser como él. Supongo que de vez en cuando se muere de la vergüenza cuando oye las palabrotas que digo cuando alguien se me atraviesa en la carretera, se halará los pelos cuando me ve furiosa emprendiéndola contra alguien y se le caerán las alitas cuando me ve triste e inconsolable, pensando cómo ni él mismo puede hacer nada para que deje de llorar.
Pensar en mi angelito de la guarda es un rito que tengo a diario. El me guarda de noche y de día, protege a mi familia y amigos, pero sobre todo, sabe que debe taparse los ojitos cuando decido portarme mal.
Como la hierba
Quisiera ser como la hierba,
tendida todo el día esperando el beso del sol.
Apacible desde el suelo,
mirando al mundo pasar,
los tiempos malos, los tiempos buenos
y algunos tiempos sin igual.
Quisiera ser como la hierba,
agradecida por un rayo de sol,
por una gota de agua.
Sintiendo en mi faz la suavidad de la brisa,
mirándote por el mundo pasar,
unas veces lento otras veces con prisa.
Quisiera ser como la hierba,
para que sin control me amaras.
Darte mis mejores verdes,
abriéndome a ti cuando llegas.
Conforme con solo mirar tu rostro
mientras con la azada me siegas.
Quisiera ser como hierba,
Verde, quieta, silente, sincera.
Esperando solo a que pase la brisa
O acaso aquel sol que quema
Esperando, siempre esperando a tu hoz
Que aunque me hiere, me lleva.
El certamen
Hace varias semanas, en un arranque de pura vanidad, osé participar en un certamen de cuento. Alentada por la acogida que tengo en mi blog me animé a enviar una de mis historias. El ganador del primer premio obtendría $700 , cantidad que a más de uno tentaría. Pensé, “qué bien, encima si gano me pagan”. Busqué y busqué dentro de mi gaveta de historias y envié la que más me gustaba.
Por varios meses esperé la tan ansiada premiación. En dos ocasiones citaron a los participantes a la ceremonia de entrega. En ambas me emperifollé con mis galas, puse cantidad de rimmel en mis pestañas y rauda y veloz me quedé esperando porque ambas fueron canceladas a última hora sin que me enterara, quedando literalmente como dice el dicho “vestida y alborotada”.
Por fin llega el tan ansiado día. En esta ocasión fui cautelosa con mi vestimenta, puse menos rimmel a mis pestañas y tímidamente me asomé por el salón donde se entregarían los premios. Gracias a Dios en esta ocasión no fui sola, cosa de que si ganaba, hubiera alguien que me levantara en el momento del desmayo final.
Anuncian los ganadores. Para mi desgracia, ninguno de ellos se llamaba Beatriz. La ganadora tenía el honor de leer su famoso cuento en la ceremonia. No era suficiente el hecho de haber perdido, sino que también tendría que escuchar la causa de mi desgracia. Llena de aspavientos se acerca la ganadora al micrófono. Afina su voz y comienza la lectura.
Les juro que lo que les voy a contar a continuación es la pura verdad y nada tiene que ver con mis sentimientos de envidia y coraje. En un santiamén esta señora dijo tantas palabras extrañas como le fue posible. Su prosa era tan rebuscada y llena de palabras rimbombantes que mi amiga tuvo que preguntarme de qué se trataba su cuento. “el cuento es sobre dos lesbianas amantes de los tatuajes.” “¿¡Embuste!?” me contesta ella – “¿y cómo tú te enteraste de que era eso?- “chica” le contesto, “porque ella decía nosotras”. “Ah!, es que con tanta palabra rara yo ni me enteré.”
Mi cuento trataba de algo tan simple como la historia de una niña y un vestido de novia. Nada de tramas escabrosas y palabras impronunciables. La competencia era algo parecido a Caperucita Roja contra Twilight. Pero si de algo puedo vanagloriarme es que para leer mis cuentos no se necesita un diccionario. Sus tramas son sencillas, tiernas y simples. Son cuentos sencillos para gente sencilla.
Y como dijo una gran amiga escritora, “lo que a mí me interesa es trascender” y yo lo logré. No ganando un premio en un certamen, sino con el apoyo de ustedes, la gente que me quiere y me sigue leyendo incondicionalmente.
¡Gracias por hacer de mí una ganadora siempre!
Reflexión
Cómo seguir la vida cuando ésta cambia tan radicalmente. Todo lo conocido es ahora una quimera. Las rutinas, los deberes, el conocimiento, todo revuelto de pies a cabeza. Solo bastó un minuto para que nuestro mundo cambiara. Cambió mi concepción de la maternidad, mi concepción de lo que es ser una hermana y sobre todo, mi concepción de lo que es ser una hija. En unas horas fui capaz de comprender a mi madre más que en los 47 años de vida que ella me ha regalado.
Cambiaron los papeles. Era ella quien miraba con miedo y yo le devolvía esa mirada con la certeza de que nada le pasaría mientras yo estuviera allí, igual que aquellas noches donde un diablo me acechaba y solo su presencia bastaba para espantarlo. La diferencia es que este demonio es real y no se aleja, se apodera de ella día a día, noche a noche. Ella lucha contra él y yo le sostengo la mano para que permanezca a mi lado y no se deje robar el último soplo de aliento.
Invertidos los roles, la baño y la visto cual muñeca de porcelana. Olorosa y fresca extiende los brazos hacia mí. Me acurruco en su pecho buscando una vez más esa sensación de seguridad que me daba cuando niña, pero no, es ella la que se siente segura, mi presencia le garantiza que no la dejaré ir y que lucharé con ella hasta el final.
Hoy aquel ser fuerte ya no existe. Ahora se ha convertido en mi bebé, con sus pañales, su llanto, su inseguridad. Entre nosotras ahora soy yo quien cuida y ella quien se deja cuidar.
En un momento de lucidez confesó: “cuando era pequeña mi madre me dijo que no le gustaban los niños. Crecí en un ambiente frío, sin besos ni abrazos. Hoy me arrepiento de haber sido tan dura con mis propios hijos. Poco los besé y raramente los abracé. Es por eso que hoy necesito recuperar todos esos besos que me perdí y los abrazos que desperdicié.” Con esa confesión comprendí una vida entera de madre ausente.
Hoy mi madre puede estar segura que todo lo negativo quedó atrás. Que tendrá en unos minutos toda una vida llena de besos y abrazos. Que ya no hay por qué dudar, que no tiene por qué reprimir sus deseos de amor.
Porque nosotras la acunaremos en nuestros brazos y la consentiremos por todos esos años en que los besos y los abrazos eran escasos. Le daremos en poco tiempo todo el amor y la devoción de toda una vida.
Lo que aprendí de mi mamá
Siempre fui la nena de papá. Mi relación con él era muy estrecha llena de complicidades y admiración mutua. Con mi mamá el asunto era distinto. En sus tiempos de juventud, cuando nos criaba, era una madre devota y trabajadora. Nos cuidaba con la ferocidad de una leona con sus cachorros. Jamás se apartó de nosotros y su vida giraba única y exclusivamente alrededor de sus niños. Sin embargo, su carácter era sumamente fuerte y algo distante. Contrario a papi, mami no jugaba con nosotros pues siempre estaba ocupada atendiendo la casa y trabajando hombro con hombro junto a su esposo para darnos una vida sin carencias. Por eso y muchas cosas más, el amor que le profesaba mi papá era inconmensurable.
Desde pequeña hubo cierta distancia entre nosotras, distancia que se prolongó hasta que fui adulta. No entendía su carácter y pocas veces coincidían nuestros criterios. Esta situación provocó que cada vez más me aferrara al amor cordial de mi papá. Como ella y yo nunca nos entendíamos, sencillamente aprendí a vivir así manteniendo una relación cordial pero distante… hasta hoy.
La señora fuerte de carácter que me crió, ahora es una anciana con achaques y manías. Pensé que nuestra relación cordial y seca sería para toda la vida, pero me equivoqué. Un día mami enfermó. De los tres hermanos yo soy quien más tiempo tiene para cuidarla. Básicamente me mudé para su casa. Fue ahí que comenzó el milagro.
Invertidos los papeles, ya no era la madre quien cuidaba de la hija, sino la hija de la madre. Me costaba verla indefensa y enferma, completamente dependiente de mí. Estaba muy asustada y se refugiaba en mis brazos buscando protección. Esos abrazos, esas caricias y las palabras de consuelo fueron abriendo una fuente de amor desconocida en mí. Con el cambio de roles ahora me tocaba a mí reciprocarle sus cuidados y su dedicación. Al hacer este ejercicio, Dios tocó mi corazón y cambió el amor que sentía por mi mamá. Jamás olvidaré cómo su miraba cambiaba al acercarme junto a su lecho. Del temor pasaba una tranquilidad casi completa. El calor de su mano temblorosa aferrada a la mía vivirá conmigo para siempre.
En las largas noches de hospital, ver a mi viejita asustada, aferrada a mi mano buscando protección y consuelo se despertó en mi corazón de un amor puro, inmenso e incondicional. En esas noches le di todos los besos y caricias que habían quedado pendientes desde mi juventud. Pude acariciarla, consentirla y demostrarle que no importaban ya las diferencias entre nosotras. Nos dimos la oportunidad de cerrar el ciclo.
Dios me dio una gran lección. Él me enseñó que nada se queda inconcluso, que nunca es demasiado tarde para rectificar y que el amor de una madre siempre está ahí aunque no seamos capaces de verlo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)